Este sábado he dirigido una de las partidas que se organizan en el servidor de Runas NET. Llevo pasando por allí desde 2020 y, si me paro a pensarlo un momento, me doy cuenta de que buena parte de lo que hoy es Superhéroes INC no habría sido igual sin aquella comunidad. Allí he conocido a algunos de los mejores jugadores con los que he compartido mesa, he probado ideas que luego terminaron llegando a los manuales, he discutido durante horas sobre reglas que probablemente solo nos importaban a cuatro personas y, sobre todo, he pasado mucho tiempo disfrutando de una afición que lleva acompañándome desde hace más de media vida.

Con los años uno acaba descubriendo que los juegos de rol tienen bastante menos que ver con los dados de lo que parece. Las reglas importan, claro. Las ambientaciones también. Los personajes memorables terminan formando parte de nuestras conversaciones durante años. Pero cuando miras atrás no son esas cosas las que permanecen realmente. Lo que permanece es la gente. Las voces. Las bromas privadas que nadie más entendería. Las conversaciones que se alargan cuando la partida ya ha terminado. Los amigos.

Y precisamente por eso, cuando pierdes a uno de esos amigos, algo cambia.

No desaparece la afición. No desaparecen las ganas de jugar. Ni siquiera desaparecen las ganas de dirigir. Pero cambia.

En estos últimos años he seguido sentándome detrás de la pantalla de vez en cuando. He dirigido partidas. He escrito aventuras. He seguido desarrollando material para Superhéroes INC y probablemente he hablado más de rol que la mayoría de las personas que conozco. Sin embargo, quienes me conocen bien saben que algo no era igual. Había dejado de dirigir con la frecuencia con la que lo hacía antes y, aunque nunca llegué a abandonar del todo las mesas, sí que empecé a mantener cierta distancia con una parte de la afición que siempre había sido uno de mis refugios favoritos.

No era una decisión consciente, simplemente ocurría.

Había días en los que me apetecía preparar una partida y otros en los que abrir ciertos documentos o releer determinadas conversaciones me dejaba un sabor extraño. Como si una parte de mí siguiera asociando aquellos momentos a personas que ya no iban a volver a sentarse al otro lado de la mesa. Supongo que cualquiera que haya perdido a alguien cercano entiende perfectamente de qué hablo. No se trata de tristeza constante. Es algo más sutil. Más difícil de señalar. Una especie de melancolía que aparece cuando menos la esperas y que termina colándose en lugares donde antes solo había buenos recuerdos.

Lo curioso es que siempre he tendido a pensar que soy una persona bastante racional, aunque quienes me conocen bien probablemente dirían que también bastante más visceral de lo que me gusta admitir. Me gusta analizar las cosas, darles vueltas, intentar comprender por qué ocurren e incluso convencerme de que, con suficiente reflexión, terminaré encontrando una explicación razonable para casi todo. Sin embargo, hay aspectos de la vida que funcionan con reglas distintas. Hay ausencias que no se resuelven con lógica ni pérdidas que desaparecen porque uno haya comprendido intelectualmente lo sucedido. Simplemente aprendes a convivir con ellas y, de vez en cuando, aparecen sin avisar para recordarte que siguen formando parte de ti.

Quizá por eso esta partida tenía para mí más importancia de la que parecía desde fuera. No porque llevase años sin dirigir. No sería cierto. Tampoco porque hubiera dejado de jugar. La cuestión era otra. Lo que realmente me preocupaba era que desde hacía demasiado tiempo siempre había una sombra acompañando las partidas. Más grande unas veces, más pequeña otras, pero siempre presente. Como un ruido de fondo al que acabas acostumbrándote sin darte cuenta.

Y entonces llegó este sábado.

La sesión comenzó exactamente igual que empiezan la mayoría de las partidas. Los jugadores empezaron a elaborar teorías imposibles antes incluso de tener información suficiente, alguien fallo una tirada que complicaba innecesariamente las cosas, aparecieron las primeras bromas y, casi sin darme cuenta, el tiempo empezó a correr mucho más rápido de lo habitual.

Escuché risas, entusiasmo, vi a los jugadores discutir planes absurdos con una seriedad completamente desproporcionada y, durante unas horas, me olvidé de todo lo demás.

Y en algún momento de la tarde me di cuenta de algo que llevaba mucho tiempo sin sentir. Estaba disfrutando de verdad.

No de esa manera a medias con la que uno hace algo porque sabe que le gusta aunque una parte de su cabeza esté en otra parte. No con nostalgia. No con esa sensación extraña de estar visitando una habitación llena de recuerdos. Estaba allí. Completamente allí. Pendiente de la historia, de los jugadores, de las escenas que iban surgiendo y de todo aquello que siempre me había gustado de dirigir.

Los recuerdos seguían presentes y las ausencias también.

No voy a fingir que una tarde de rol arregla cosas que forman parte de la vida. Hay personas que siguen faltando y seguirán faltando dentro de diez años. Hay conversaciones que nunca volverán a producirse. Hay bromas que se quedaron a medias y proyectos que jamás podrán terminarse, pero por primera vez en mucho tiempo aquellas ausencias no ocuparon el centro de todo y eso, aunque pueda parecer una diferencia pequeña desde fuera, para mí ha sido enorme.

Porque me ha permitido recordar algo que había quedado enterrado bajo muchas emociones mezcladas. Recordé por qué empecé a jugar al rol hace tantos años. Por qué sigo escribiendo sobre ello. Por qué sigo dedicando tantas horas a este proyecto. Y por qué, a pesar de todo, sigo pensando que pocas aficiones son capaces de crear los vínculos que crea una mesa de juego.

Por eso también quería aprovechar estas líneas para dar las gracias a los jugadores que siguen apareciendo semana tras semana con ganas de vivir historias nuevas, a quienes dedican tiempo a organizar partidas para gente que no conocen y a quienes mantienen comunidades vivas cuando sería mucho más fácil dejarlas morir poco a poco. Y, por supuesto, gracias a Runas NET y a todos los que lo hacen posible, porque este sábado me han ayudado a reencontrarme con una parte de esta afición que echaba de menos.

Porque a veces pensamos que un servidor de Discord es poco más que una herramienta para organizar partidas y terminamos olvidando que detrás de esos canales hay años de recuerdos, amistades, campañas, proyectos y personas que han terminado formando parte de nuestra vida mucho más de lo que habríamos imaginado el primer día que entramos por allí.

Este sábado volví a casa con una sensación que llevaba mucho tiempo sin experimentar. La sensación de haber pasado una buena tarde haciendo algo que siempre he amado hacer y de haber disfrutado de ello sin que la tristeza ocupase el lugar principal. Después de una buena temporada en los que esa melancolía había terminado instalándose en un rincón de mi refugio, descubrir que todavía era capaz de sentir aquello ha sido, sinceramente, uno de los mejores regalos que me ha dado esta afición en mucho tiempo.

¡Nos vemos en la siguiente y gracias por leerme!