El Diablo Segador: una historia incómoda para los historiadores británicos
Entre los muchos relatos extraños que han sobrevivido al paso de los siglos en las Islas Británicas existe uno que continúa apareciendo de forma recurrente cada vez que alguien intenta rastrear el origen de determinados fenómenos sobrenaturales asociados al folclore inglés. Se trata del llamado Diablo Segador de Hertfordshire, una historia que durante mucho tiempo fue considerada poco más que una curiosidad propia de una época en la que los panfletos sensacionalistas mezclaban rumores, supersticiones, propaganda religiosa y noticias reales con una naturalidad que hoy resultaría difícil de aceptar.
El origen de la historia se encuentra en un pequeño folleto publicado en 1678 que relataba una disputa aparentemente insignificante entre un terrateniente y uno de los jornaleros de la zona. Según el texto, el campesino exigía una compensación que consideraba justa por el trabajo de recoger la cosecha, mientras que el propietario de las tierras insistía en reducir el pago hasta el punto de hacer imposible cualquier acuerdo. La discusión fue subiendo de tono hasta que el terrateniente, dominado por la ira y convencido de que nadie tenía derecho a exigirle semejante cantidad, terminó afirmando que prefería que fuese el propio Diablo quien segase su avena antes que aceptar aquellas condiciones. Lo que debía haber quedado como una simple discusión entre vecinos habría desaparecido de la historia de no ser porque durante la noche siguiente comenzaron a producirse acontecimientos que llamaron la atención de numerosas personas de la región.
Los testimonios recogidos en el propio panfleto describen luces visibles sobre los campos, resplandores que parecían iluminar la zona durante horas e incluso fenómenos que algunos observadores compararon con incendios vistos a gran distancia. Sin embargo, al llegar la mañana no existía rastro alguno de fuego. La cosecha permanecía intacta, aunque presentaba una característica que convirtió el incidente en una historia recordada durante generaciones: los cultivos aparecían cortados y dispuestos formando patrones circulares de una precisión que los habitantes de la época consideraron imposible de reproducir mediante medios convencionales.
La interpretación tradicional de este episodio siempre ha resultado extraordinariamente cómoda para historiadores y teólogos. Según esta visión, todo el relato no sería más que una fábula moral diseñada para transmitir una enseñanza sobre la avaricia, el orgullo y la obligación cristiana de tratar con justicia a quienes dependían económicamente de los grandes propietarios. El supuesto fenómeno sobrenatural actuaría simplemente como castigo simbólico y permitiría reforzar la moraleja del texto. El problema es que dicha explicación ignora por completo el contexto cultural de la Inglaterra rural del siglo XVII y proyecta sobre aquella sociedad una visión excesivamente simplificada de sus creencias.
Cuando uno analiza los relatos populares de la época descubre rápidamente que los habitantes de aquellas regiones no interpretaban todos los fenómenos extraños como manifestaciones demoníacas. Muy al contrario, gran parte de las supersticiones locales giraban alrededor de las llamadas gentes ocultas, los habitantes del Otro Lado, las cortes feéricas o cualquier otro nombre utilizado para describir a aquellos seres que, según las tradiciones populares, coexistían con la humanidad desde tiempos inmemoriales. Los cuentos sobre círculos aparecidos durante la noche, colinas huecas, viajeros que desaparecían durante horas o días y regresaban convencidos de haber estado ausentes apenas unos minutos, o lugares donde la realidad parecía comportarse de manera anómala aparecen con una frecuencia mucho mayor que los relatos sobre intervenciones directas del Diablo.
Precisamente por ese motivo algunos investigadores han comenzado a plantear una cuestión que resulta incómoda para quienes prefieren considerar cerrado el asunto. Si los elementos descritos en Hertfordshire coinciden mucho más con numerosos relatos asociados a las hadas y al folclore feérico que con las descripciones tradicionales de fenómenos demoníacos, ¿por qué seguimos aceptando sin demasiada discusión que el protagonista de la historia fuese realmente el Diablo? La pregunta puede parecer trivial, pero adquiere una dimensión diferente cuando se observa que los círculos, las luces nocturnas, las alteraciones repentinas del paisaje y ciertos fenómenos asociados al paso del tiempo aparecen una y otra vez en relatos similares repartidos por toda Gran Bretaña.
A partir de este punto entramos en un terreno mucho más resbaladizo, porque es aquí donde aparecen las teorías que la mayoría de académicos prefieren ignorar. Desde hace décadas existen investigadores independientes que sostienen que algunos episodios tradicionalmente asociados al folclore británico podrían estar describiendo fenómenos auténticos cuya naturaleza fue malinterpretada por los testigos de la época. Según estos autores, determinadas sociedades secretas, círculos esotéricos e incluso algunos sectores próximos a la aristocracia británica habrían conservado durante generaciones conocimientos relacionados con ciertos lugares considerados especiales, puntos donde la frontera entre nuestro mundo y algún tipo de realidad paralela sería especialmente débil. Naturalmente, las pruebas aportadas para sostener estas afirmaciones son escasas y suelen apoyarse más en coincidencias históricas, tradiciones orales y documentos ambiguos que en evidencias verificables, razón por la cual la inmensa mayoría de especialistas rechaza estas hipótesis sin concederles demasiada atención.
Sin embargo, resulta difícil no observar cierta ironía en el hecho de que muchas de estas teorías comenzaran a circular mucho antes de la Revelación de los Dioses, en una época en la que sugerir que antiguos mitos podían contener fragmentos de verdad era considerado una extravagancia reservada a ocultistas y aficionados a las conspiraciones. La historia reciente ha demostrado en más de una ocasión que algunas creencias descartadas durante siglos contenían elementos reales mezclados con exageraciones, errores de interpretación y una considerable cantidad de fantasía popular, por lo que descartar automáticamente cualquier posibilidad alternativa se ha convertido en una postura mucho más arriesgada de lo que era hace apenas unas décadas.
Quizá nunca lleguemos a saber qué ocurrió realmente durante aquella noche de 1678 en Hertfordshire. Tal vez todo se reduzca a un panfleto diseñado para vender ejemplares aprovechando el gusto del público por las historias sensacionalistas. Tal vez estemos ante una simple parábola religiosa que terminó adquiriendo una importancia desproporcionada con el paso del tiempo. O tal vez un grupo de campesinos observó algo que escapaba completamente a su comprensión, intentó describirlo utilizando las referencias culturales que tenía a su alcance y terminó legándonos uno de los relatos más extraños de la historia inglesa. Lo verdaderamente fascinante no es que decidieran llamar Diablo a aquello que contemplaron, sino que, después de casi trescientos cincuenta años de discusiones, todavía sigamos sin disponer de una explicación que resulte más convincente que la suya.
_Publicado en Milenio Zero, Septiembre de 2013, Por Rafael Cárdenas.