Dos cruces y ningún milagro

El Norte de Castilla — Edición extraordinaria
Valladolid, Viernes Santo, 14 de abril de 1922

No suele esta casa dejarse arrastrar por el rumor ni por el gusto fácil de lo escabroso, pero hay mañanas en que la realidad se presenta con tal empeño en imponerse que haría falta una venda más gruesa que la costumbre para no verla, y aun así se colaría por los bordes, obstinada, incómoda, impropia de los días que corren y, sin embargo, perfectamente alineada con ellos.

Porque sí, han aparecido dos cadáveres en la madrugada de hoy, y no en un arrabal perdido ni en una cuneta donde la ciudad descarga lo que no quiere mirar, sino en dos de esos lugares que llevan siglos viendo pasar procesiones, autoridades y conciencias tranquilas, como son la cruz de piedra de San Pablo y la que se alza junto a la Antigua, ambas bien conocidas por cualquiera que haya puesto pie alguna vez en el corazón de Valladolid.

Y no se trata, como algunos ya querrían deslizar con ese alivio torpe del que prefiere lo vulgar a lo inquietante, de un crimen más de esos que se explican con navajas, deudas o malas compañías. No. Aquí hay una disposición, una voluntad de exhibición que trasciende la mera violencia y entra, sin pedir permiso, en el terreno de lo simbólico, de lo que busca ser visto, interpretado, quizá entendido por quien sepa leer entre líneas y no solo entre titulares.

Los cuerpos, colocados, porque esa es la palabra que conviene, con una precisión que no parece fruto de la improvisación, han sido hallados en una suerte de escenografía que algunos, con más prisa que juicio, han querido ya calificar de sacrílega. No seré yo quien discuta la oportunidad de semejante calificativo en día tan señalado, pero sí conviene advertir que el exceso de fervor suele nublar el entendimiento, y aquí lo que falta no es fe, sino claridad.

La autoridad competente ha tomado cartas en el asunto, como no podía ser de otro modo, y desde primeras horas de la mañana se han visto movimientos de agentes, comentarios a media voz y ese ir y venir de curiosos que, aun fingiendo recato, no pueden evitar acercarse lo suficiente como para llevarse la imagen pegada a la retina el resto del día, quizá de la vida. Se insiste, desde instancias oficiales, en que no hay motivo para la alarma pública, que se trata de un hecho aislado, que la investigación sigue su curso y que cualquier otra lectura responde más a la imaginación popular que a los datos constatables.

Conviene recordar, no obstante, que la imaginación popular rara vez nace de la nada, y que cuando empieza a desviarse en una misma dirección, por más que lo haga de forma torpe o imprecisa, suele ser señal de que algo en la superficie no encaja del todo con lo que se nos quiere presentar como explicación suficiente.

En las calles y no solo en las más bajas, se desliza desde primeras horas un comentario persistente, casi un susurro, que tiene menos que ver con la naturaleza del crimen que con su encaje en el calendario. Que si esto parece cosa de otro día. Que si habría de haber sido un trece y no un catorce. Que si hay fechas que pesan más que otras, aunque el almanaque diga lo contrario. Supersticiones, dirán algunos. Deslices de memoria, dirán otros.

También puede que ese leve desajuste, esa incomodidad con el día que marca el papel, sea lo único honesto en medio de un asunto que, por lo demás, parece haber sido calculado al milímetro. Porque elegir San Pablo y la Antigua no es fruto del azar, como tampoco lo es hacerlo en una madrugada como la de hoy, cuando la ciudad se debate entre el recogimiento y la exhibición de ese mismo recogimiento.

Dos puntos. Dos cruces. Dos cuerpos.

Y una pregunta que, por el momento, nadie parece dispuesto a formular en voz alta, quizá porque hacerlo implicaría mirar no ya a los muertos, sino a lo que los ha colocado ahí con tanto esmero.

Esta redacción, por su parte, seguirá informando conforme se disponga de datos contrastados, procurando, en la medida de lo posible, separar el hecho de su interpretación, aunque no siempre sea sencillo cuando ambos parecen empeñados en caminar de la mano.

Entre tanto, el lector hará bien en desconfiar tanto del pánico como de la calma excesiva, pues en ocasiones una y otra nacen de la misma raíz.

Nota del editor

El redactor de estas líneas ha sido advertido en más de una ocasión acerca de su tendencia a deslizar consideraciones impropias de una crónica de sucesos, y esta casa no puede sino reiterar que su cometido es informar y no sugerir interpretaciones que puedan inducir a equívoco o a inquietud innecesaria en la población.

Se han suprimido del original ciertos párrafos en los que se establecían conexiones carentes de base con circunstancias ajenas al hecho descrito, así como referencias a actuaciones de las autoridades que, a juicio de esta dirección, no aportaban claridad sino confusión.

El lector sabrá comprender que, en momentos como el presente, el deber del periodismo no es alimentar rumores ni fomentar lecturas interesadas, sino contribuir al mantenimiento del orden y la confianza en las instituciones encargadas de velar por él.

Cualquier otra cosa, por más tentadora que resulte para algunos, pertenece más al terreno de la literatura que al de la información.