Nadie habló de esto después

El día después de la expulsión de Nigalión, nadie sabía muy bien qué hacer con los restos.

No me refiero a los edificios caídos ni a los cráteres. Eso es lo que sale en las fotos. Hablo de lo otro. De la gente que seguía respirando pero no había vuelto del todo.

Durante semanas, los informativos repitieron las mismas imágenes. Héroes exhaustos, discursos solemnes, cifras redondeadas. Todo muy correcto. Muy limpio. Como si el mundo hubiese pasado página solo porque alguien había cerrado un portal.

Pero hubo zonas donde el portal no se fue del todo.

En el distrito sur, por ejemplo, las brújulas dejaron de funcionar durante meses. Los relojes se adelantaban o se quedaban quietos. Y había calles donde la gente juraba escuchar voces al caer la noche. No demonios. Voces humanas. Gente llamando por su nombre.

La mayoría de esos avisos se archivaron como estrés postraumático colectivo. Un término cómodo. Sirve para todo.

Lo que no entró en los informes fue el trabajo posterior. Los equipos que llegaron después, sin trajes llamativos ni cámaras. Técnicos, arcanistas de segunda fila, funcionarios con demasiadas horas encima. Gente encargada de decidir si un barrio era habitable o no. Si una escuela podía reabrir. Si una casa seguía siendo una casa… o algo más.

Algunos edificios nunca se devolvieron a sus dueños. No porque estuvieran en ruinas, sino porque no eran estables. Nadie explicó qué significaba eso exactamente. Solo que no era seguro dormir allí. Que las paredes recordaban cosas. Que el espacio no siempre estaba donde debía.

Hubo compensaciones, sí. Dinero, realojos, promesas. Pero ¿cómo indemnizas a alguien que no puede volver a su casa porque su hija sueña cada noche con una ciudad impía que no existe?

De eso no se habló.

Tampoco se habló de los que ayudaron y luego desaparecieron del relato. Voluntarios que no tenían poderes. Gente que abrió refugios improvisados, que sostuvo puertas mientras otros huían, que se quedó cuando era más fácil correr. Cuando todo terminó, nadie volvió a preguntarles cómo estaban. No encajaban en ninguna narrativa útil.

Algunos siguen allí. Otros no.

Hay profesionales nuevos ahora. No salen en los libros de historia. Mediadores de zonas alteradas. Evaluadores de daños no convencionales. Personas que saben cuándo un lugar está “mal” aunque no sepan explicarlo. No son héroes. Tampoco villanos. Solo gente intentando que el mundo vuelva a funcionar lo suficiente como para seguir viviendo en él.

Y aun así, hay lugares que no se arreglaron.

Zonas valladas. Edificios que nadie reclama. Calles que ya no figuran en los mapas digitales. Oficialmente, no pasa nada ahí. Extraoficialmente, todo el mundo evita cruzarlas de noche.

Quizá dentro de unos años alguien escriba sobre esto con perspectiva. Con distancia. Con palabras bonitas. Dirán que fue el precio a pagar. Que el equilibrio se restauró. Que la humanidad siguió adelante.

Puede ser.

Pero los que estuvimos allí sabemos que no todo volvió.