La caída de la Gran Barrera

La creación de la Gran Barrera es un hecho histórico y mágico que marca el antes y el después de la relación entre la Tierra y los Reinos Divinos.

Su origen está directamente ligado a la desaparición del Orbe Sagrado. Durante eras, ese artefacto fue el anclaje que mantenía estables a los reinos de los dioses y regulaba su vínculo con el mundo mortal. Cuando el Orbe desaparece, el equilibrio se rompe. No de forma inmediata, sino de manera progresiva. Los reinos comienzan a perder cohesión, influencia y sustento. La Tierra, por proximidad y riqueza de almas, se convierte en el punto de presión natural.

Es en ese momento cuando se levanta la Gran Barrera. No como un acto de generosidad hacia la humanidad, sino como una solución extrema a un problema inmediato. La Barrera bloquea el acceso directo de los dioses a la Tierra, impidiendo que puedan manifestarse en ella. El objetivo no era proteger a los humanos de una invasión abierta, sino evitar algo más lento y devastador. Que los reinos divinos, al colapsar, acabaran descendiendo sobre el mundo mortal para sostenerse a costa de él. Al mismo tiempo, la Barrera cumplía una función adicional menos evidente y aún más crítica. Impedir que los dioses pudieran localizar el Orbe Sagrado, que había sido robado por Prometeo y ocultado fuera de su alcance en la luna de Tierra Zero.

Poco después de su creación, en la ciudad de Ort se redactan textos que narran la verdadera historia de los dioses y explican el motivo real de la Barrera. Estos textos no se difunden ni se convierten en dogma. Se sellan. Junto a ellos se establece una orden clara. Esa verdad no debe volver a conocerse porque conocerla pondría en peligro la Barrera y facilitaría tanto el regreso de los dioses como el descubrimiento del Orbe. El silencio no es accidental. Es parte del propio mecanismo de contención.

Durante siglos, la Gran Barrera funciona. Los dioses se debilitan, pierden presencia directa y la Barrera les impide cruzar como antes. La humanidad gana margen de maniobra, aunque sin llegar nunca a comprender del todo por qué. Al mismo tiempo, la energía que antes fluía entre planos comienza a acumularse en la propia Tierra. No desaparece. Se estanca, se filtra, se incrusta en la realidad y en los cuerpos. Con el paso de las generaciones, ese exceso de energía se convierte en un caldo de cultivo para nuevas anomalías. Se despiertan capacidades latentes, se alteran líneas genéticas y aparecen otros poderes que no dependen de pactos divinos. Entre ellos, los mutantes.

La caída de la Gran Barrera no llega por un ataque divino ni por una rebelión consciente. Llega por desgaste y por decisiones humanas tomadas bajo presión. En 1929, una acumulación masiva de energía elemental provocada por siglos de contención forzada debido a la existencia de la Barrera amenaza con destruir toda la vida conocida. Un grupo de magos redirige esa energía hacia la propia Barrera para evitar la catástrofe. El mundo se salva, pero el coste es alto. La Barrera no se destruye, pero queda gravemente dañada. Aparecen grietas.

A partir de ese momento, el equilibrio cambia. Los caminos entre la Tierra y los Reinos Divinos comienzan a reabrirse. Las entidades divinas recuperan margen de acción y su comportamiento deja algo claro. No regresan como protectores del mundo, sino como actores que compiten por devoción, influencia y almas. Se intensifican los conflictos entre panteones, los enfrentamientos indirectos y la lucha por la atención humana en un mundo que ya no es el mismo que dejaron atrás.

La creación posterior de estructuras como la Fundación Divina Mundial confirma lo que antes solo podía intuirse. Sin el Orbe y con la Barrera dañada, los reinos divinos necesitan un nuevo modo de sostenerse. Las almas humanas pasan a ser gestionadas como un recurso imprescindible. No por maldad, sino por supervivencia.

Vistos en conjunto, los hechos encajan sin necesidad de adornarlos. La Gran Barrera existe porque, sin ella, el mundo habría sido consumido lentamente por reinos incapaces de sostenerse por sí mismos y porque ocultar el Orbe era la única forma de evitar una guerra divina abierta. Cayó no por traición ni por ambición, sino porque llegó un momento en el que mantenerla intacta significaba dejar morir al propio mundo.

Y quizá por eso, incluso hoy, sigue siendo más fácil vivir sin conocer toda la verdad que afrontar lo que realmente implicaba levantarla.