La Llegada de Nigalión

Vale, esto va a sonar fatal, pero es lo que hay. Yo estaba en directo, con el móvil en la mano, hablando de una tontería, creo que de un atasco o algo así, cuando el cielo se puso raro. No bonito raro, raro mal. La luz cambió de golpe y en los comentarios empezó a entrar gente preguntando si yo también veía esas sombras. Pensé que era un filtro fallando o alguna broma, pero entonces la gente empezó a correr y ya no sabía a quién enfocar ni qué decir.

Intenté seguir hablando, porque se supone que tienes que narrar lo que pasa, pero me quedé sin palabras. El audio se cortaba, el móvil vibraba sin parar y alguien gritó detrás de mí que aquello no era normal, que no era una protesta ni un incendio. Vi cosas que no sé cómo describir sin que parezca que me lo estoy inventando. Apagué el directo cuando algo pasó muy cerca y sentí miedo de verdad.

Luego, cuando revisé el vídeo, había partes que no recordaba haber grabado. Mi cara, pálida, diciendo “no sé qué es esto” una y otra vez. No sé si esto es periodismo, un podcast fallido o solo una chica con un móvil en el peor momento posible. Pero si alguien quiere saber cómo fue el día en que el infierno se abrió, que vea ese vídeo. Yo todavía no he sido capaz de verlo entero.

Clara Cardenal, Ganadora del premio Ortega y Gasset de Periodismo.

El ataque de Nigalión fue caótico, brusco y devastador, incluso para los propios estándares del Caos. Nigalión no esperó a que todo estuviera preparado ni a que el mundo alcanzara un punto óptimo de debilidad. Entró cuando pudo. Una brecha mal sellada, una cadena de errores acumulados y decisiones tomadas con prisas bastaron para que la presión estallara. Un día el mundo aún funcionaba con grietas controladas y al siguiente esas grietas se abrieron de golpe, sin aviso ni coherencia.

La irrupción fue abrupta y desordenada. Portales inestables aparecieron sin patrón reconocible. Algunos se colapsaban al poco tiempo, otros expulsaban horrores durante minutos antes de cerrarse por sí solos. Entidades demoníacas emergían en lugares sin valor estratégico mientras zonas supuestamente protegidas permanecían intactas. Ni siquiera quienes conocían el funcionamiento oculto del mundo entendían del todo lo que estaba ocurriendo. Aquello no seguía una lógica militar ni ritual. Era puro desbordamiento. El Caos empujando sin medir consecuencias.

Para la población general, la invasión se percibió como una sucesión de catástrofes inconexas. Episodios de violencia extrema sin causa aparente, colapsos mentales colectivos, fenómenos físicos imposibles de explicar desde un único marco. No parecía una invasión organizada. Parecía que la realidad se estaba rompiendo en muchos puntos a la vez. Esa falta de coherencia fue una de las armas más efectivas de Nigalión. No había un frente claro al que responder.

El precio fue inmenso. Miles de vidas humanas se perdieron y un número incalculable de metahumanos desapareció para siempre. Algunos murieron en combate abierto, intentando contener brechas o evacuar zonas imposibles de salvar. Otros simplemente dejaron de existir, atrapados al otro lado de portales inestables, consumidos por energías que nadie estaba preparado para manejar o borrados cuando la realidad se plegó sobre sí misma. Muchos de ellos nunca tuvieron nombre público. Vigilantes locales, agentes encubiertos, personas con dones que jamás llegaron a ser reconocidas. Su ausencia es uno de los silencios más pesados que dejó la invasión.

En ese contexto límite ocurrió algo que nadie habría aceptado en circunstancias normales. Héroes y villanos trabajaron mano a mano. No hubo redenciones épicas ni discursos grandilocuentes. Hubo comprensión inmediata de una verdad simple. Nigalión no distinguía bandos. Si el mundo caía, no habría nada que proteger, dominar o destruir después. Enemigos declarados compartieron información, combinaron poderes y lucharon juntos durante horas que parecieron días. Fue una alianza incómoda, frágil y estrictamente funcional. Y se disolvió en cuanto dejó de ser necesaria.

El cierre del gran portal no fue limpio ni elegante. No existía un interruptor ni un ritual perfecto. Fue un proceso brutal, sostenido por sacrificios conscientes. Cada segundo ganado exigía energía, desgaste y vidas. Algunos sabían desde el principio que no regresarían. Otros lo comprendieron demasiado tarde. El portal fue colapsando a medida que quienes lo contenían se consumían por dentro. Cada pérdida debilitaba la estructura de Nigalión en ese punto concreto, permitiendo ganar tiempo hasta que el colapso fue irreversible.

En ese momento destacó de forma decisiva la intervención de Umbra. Su papel fue crucial porque operaba en un terreno que Nigalión comprendía demasiado bien. Umbra no utilizó la muerte como arma, sino como ancla. Canalizó energía ligada al tránsito, a la pérdida y al final inevitable, estabilizando el colapso del portal cuando cualquier otra intervención habría desgarrado la realidad de forma permanente. Sin esa acción, el cierre habría sido incompleto o habría condenado al mundo a una herida imposible de sellar.

La invasión se detuvo tan bruscamente como había comenzado. Y eso fue, quizá, lo más inquietante. No hubo sensación de victoria. Solo agotamiento, silencio y ausencias. Muchos nombres desaparecieron de registros oficiales. Otros fueron reescritos como víctimas de atentados, accidentes o conflictos menores. La colaboración entre héroes y villanos se enterró rápido, como si nadie quisiera recordar hasta qué punto se cruzaron líneas que no podían reconocerse en público.

La Invasión de Nigalión no terminó con un triunfo. Terminó con un acto colectivo de sacrificio que salvó el mundo a costa de vaciarlo un poco más. Desde entonces, quienes conocen lo ocurrido entienden una verdad incómoda. El equilibrio actual no se sostiene por fortaleza ni por orden, sino por las vidas que se quedaron atrás para que otros pudieran seguir adelante.