El Devorador

Este demonio gigantesco y deforme posee un cuerpo cubierto de bocas. No son simples heridas ni mutaciones al azar. Cada una se abre, susurra y observa. Cuando devora a una víctima no se limita a consumir su carne. Absorbe también sus recuerdos, sus miedos, sus secretos más íntimos. Todo lo que esa persona fue termina integrado en él.

Las bocas conservan esas voces. Hablan entre ellas y con quienes se atreven a acercarse. Revelan datos, nombres, traiciones y verdades que nadie más debería conocer. Algunas suplican. Otras mienten. Otras repiten fragmentos de vidas ajenas sin comprender su significado. Esta acumulación de memorias ha convertido al Devorador en una fuente de información valiosa para La Corte Infernal, un archivo vivo construido a partir de almas rotas.

Sin embargo, ni siquiera La Corte conoce su verdadero nombre. Y eso, en los planos infernales, no es un detalle menor. Conocer el nombre real de un demonio es poseer poder sobre él. Por eso las Ishara se han marcado como reto personal descubrirlo. No por curiosidad, sino por ambición. Saben que quien pronuncie ese nombre primero podrá reclamar un dominio que nadie más tiene.

Las apuestas en la Corte giran en torno a tres posibles nombres. Davork, asociado a la devoración del conocimiento prohibido. Ruche, vinculado a la absorción de identidades. O X’texu, un nombre antiguo que algunos creen anterior incluso a la propia Corte.

El Devorador no confirma ni desmiente nada. Sus bocas ríen, murmuran y discuten entre ellas. Quizá porque conoce la respuesta. O quizá porque ya no recuerda cuál de todos esos nombres fue suyo alguna vez.