Enigma
Harold Theodor Simmons
Harold Theodor Simmons nació en Brighton en 1902, en una época en la que el Imperio Británico todavía parecía una realidad inmutable y la mayoría de las personas asumían que el mundo ya había sido explicado de forma satisfactoria por sacerdotes, académicos y políticos. Su padre pertenecía precisamente a esa generación de hombres convencidos de que la curiosidad era una virtud respetable siempre que no condujera demasiado lejos. Harold, por el contrario, desarrolló desde muy joven una inclinación natural hacia todo aquello que permanecía oculto, mal comprendido o deliberadamente olvidado.
Mientras otros muchachos de su edad imaginaban futuros relativamente previsibles, él pasaba horas leyendo sobre civilizaciones desaparecidas, cultos antiguos y relatos que aparecían una y otra vez en los márgenes de la historia oficial. Aquella fascinación terminó convirtiéndose en una obsesión que fue alejándolo poco a poco de su entorno familiar hasta que, con apenas quince años, decidió abandonar Inglaterra para recorrer el mundo por su cuenta.
Durante años vagó por Oriente Medio, la India y distintas regiones de África, sobreviviendo gracias a trabajos ocasionales, pequeños encargos y una capacidad poco común para encontrar refugio en los lugares más improbables. Aprendió idiomas, escuchó leyendas que parecían demasiado extrañas para ser inventadas y conoció a personas cuya mera existencia desafiaba muchas de las certezas con las que había crecido. También acumuló errores, decepciones y cicatrices. La mezcla de agotamiento, aislamiento y ciertas experiencias que pretendían ampliar los límites de la percepción terminó deteriorando seriamente su salud física y mental, una situación de la que probablemente no habría salido por sí mismo si Markus, su hermano mayor, no hubiese logrado localizarlo y convencerlo para regresar temporalmente a una vida más estable.
Aquella intervención le permitió recomponer parte de su existencia y, pocos años después, en 1921, emigró a Estados Unidos con la intención de empezar de nuevo. Como tantos otros emigrantes de su generación, llegó con más dudas que certezas y con una idea bastante difusa de lo que esperaba encontrar al otro lado del Atlántico. Los primeros tiempos estuvieron marcados por pequeños papeles teatrales, trabajos mal pagados y una larga sucesión de oportunidades que parecían quedarse siempre a medio camino. Sin embargo, la fortuna terminó sonriéndole cuando consiguió el papel protagonista en My Way of Life, una película cuyo éxito inesperado transformó por completo su situación.
Durante algunos años disfrutó de una fama que parecía destinada a acompañarle durante mucho tiempo. Su rostro comenzó a aparecer en revistas, carteles y periódicos, mientras los estudios competían por contratarlo y la prensa construía cuidadosamente la imagen pública de una nueva estrella de Hollywood. Con el paso de los años, cuando recordaba aquella etapa, no podía evitar pensar que había algo artificial en toda aquella perfección, como si la vida hubiese decidido concederle una breve tregua antes de volver a complicarlo todo.
En marzo de 1930, mientras regresaba de un rodaje en África, la avioneta en la que viajaba desapareció sobre una región remota de Mali. Las operaciones de búsqueda no encontraron supervivientes y la noticia de su muerte se propagó con rapidez. Los periódicos publicaron necrológicas, los estudios organizaron homenajes y el mundo continuó avanzando convencido de que Harold Simmons se había convertido en otra tragedia más de una industria acostumbrada a fabricar mitos y perderlos con la misma facilidad.
La realidad resultó bastante diferente. Cuando recuperó la conciencia se encontraba bajo el cuidado de una comunidad dogón que lo había encontrado entre los restos de la aeronave. El accidente le había dejado secuelas extrañas. Conservaba fragmentos de su memoria, pero muchas piezas parecían haberse desplazado de lugar, como si alguien hubiese mezclado capítulos enteros de su vida sin preocuparse demasiado por volver a ordenarlos. Durante los meses siguientes permaneció junto a aquella comunidad mientras recuperaba lentamente sus fuerzas y escuchaba historias que hablaban de visitantes procedentes de otros mundos, senderos ocultos entre realidades y lugares donde el tiempo parecía comportarse de una forma distinta a la conocida por los hombres.
Algunas de aquellas historias parecían simples leyendas transmitidas de generación en generación. Otras despertaban una sensación más difícil de describir, una especie de familiaridad inquietante que le acompañaría durante el resto de su vida. Mucho tiempo después llegaría a la conclusión de que aquellas conversaciones alrededor del fuego habían influido más en su destino que cualquiera de los éxitos obtenidos durante su carrera como actor.
Cuando finalmente decidió regresar a Occidente, los ancianos de la comunidad le entregaron dos brazaletes fabricados con un extraño metal sagala. Nunca le explicaron con claridad qué eran ni por qué debían acabar en sus manos. Parecían actuar como si aquella decisión hubiese sido tomada mucho antes de su llegada y como si su papel se limitara simplemente a cumplir con una obligación antigua.
El regreso resultó más duro de lo que había imaginado. Oficialmente seguía muerto. Su carrera se había evaporado, sus propiedades habían cambiado de propietario y muchas de las personas que habían formado parte de su vida apenas conservaban ya un recuerdo distante de él. Durante bastante tiempo tuvo la sensación de observar los restos de una existencia que pertenecía a otra persona. El desencanto fue ocupando lentamente el lugar de la curiosidad y terminó arrastrándolo hacia una profunda depresión de la que parecía incapaz de escapar.
Fue precisamente durante aquel periodo, a finales de 1939, cuando tuvo lugar el acontecimiento que alteraría definitivamente el rumbo de su vida. Un anciano dogón que se encontraba agonizando a miles de kilómetros de distancia logró establecer contacto con su mente para transmitirle un mensaje cuya naturaleza seguiría resultándole difícil de explicar incluso décadas más tarde. Aquel encuentro le habló de una guerra que estaba a punto de envolver al mundo, de amenazas mucho más antiguas que cualquier nación humana y del verdadero propósito de los brazaletes que había recibido años atrás. Siguiendo sus indicaciones descubrió que aquellos artefactos no eran simples reliquias tribales, sino herramientas capaces de alterar las limitaciones normales del espacio y canalizar enormes cantidades de energía. Durante los meses siguientes aprendió a utilizarlos con prudencia, tratando de comprender el alcance de unas capacidades que apenas empezaba a dominar, aunque los acontecimientos de la época pronto terminarían arrastrándolo a los numerosos conflictos ocultos que acompañaron a la Segunda Guerra Mundial.
Su participación en diversas operaciones encubiertas, incluidas algunas de las campañas que serían secretamente denominadas como las Guerras Gamadas, le convirtió en una figura envuelta en rumores tanto para aliados como para enemigos. La facilidad con la que aparecía tras las líneas alemanas, actuaba y desaparecía antes de que pudiera organizarse una respuesta coherente terminó llamando la atención de los servicios de inteligencia del Reich, cuyos informes comenzaron a referirse a aquel adversario imposible de localizar simplemente como Enigma. El sobrenombre acabó extendiéndose mucho más allá de los círculos militares y terminó sustituyendo casi por completo al nombre de Harold Simmons.
A medida que avanzaba la guerra comenzó a colaborar cada vez con mayor frecuencia con otros superseres aliados, formando parte de numerosas operaciones especiales que acabarían dando origen a la leyenda de los Centinelas de la Libertad. Aunque nunca fue el miembro más visible del grupo ni el más interesado en la fama que comenzó a rodearlos, participó en algunas de sus misiones más peligrosas y estableció vínculos que perdurarían mucho después del final del conflicto.
Buena parte de aquellas operaciones jamás apareció en los periódicos ni en los archivos oficiales, pues mientras millones de personas seguían la guerra a través de mapas, discursos y comunicados militares, existía otro conflicto mucho más discreto en el que participaban organizaciones secretas, experimentos prohibidos, reliquias antiguas y fuerzas que escapaban a cualquier explicación racional. Aquellos años le permitieron contemplar ambas caras de la guerra y terminaron dejándole una visión mucho más compleja del heroísmo que la reflejada posteriormente en los relatos oficiales de la posguerra.
Los años fueron pasando y su reputación creció entre compañeros y aliados, aunque nunca llegó a sentirse especialmente cómodo con la fama. Había visto demasiadas cosas para seguir creyendo que el mundo podía dividirse limpiamente entre héroes y villanos.
Su segunda desaparición se produjo en 1956 y volvió a estar rodeada de incertidumbre. Durante décadas circularon rumores de toda clase para intentar explicar su ausencia, aunque ninguno consiguió aproximarse demasiado a la verdad. Lo poco que puede decirse con certeza es que, en algún momento de aquel periodo, terminó llegando a Cronópolis, una ciudad cuya existencia desafía muchas de las ideas convencionales sobre el tiempo, la realidad y la propia historia.
Incluso años después seguía siendo incapaz de reconstruir con precisión el camino que lo había llevado hasta allí. Los recuerdos relacionados con aquella etapa aparecían fragmentados y a menudo resultaban contradictorios. Los Cronóides nunca parecieron especialmente interesados en aclarar sus dudas y él terminó aceptando que algunas respuestas probablemente no estaban destinadas a encontrarse. Aquella situación acabó llevándole a reconsiderar episodios de su pasado que durante años había aceptado sin cuestionarlos demasiado. El accidente sufrido en Mali comenzó a parecerle menos una desgracia fortuita y más una pieza dentro de una historia mucho más extensa cuyos contornos apenas lograba distinguir.
Durante su estancia en Cronópolis dedicó incontables horas al estudio de la magia, la historia de las esferas y los mecanismos ocultos de la Manifestación. Recorrió bibliotecas imposibles, consultó documentos que parecían desafiar toda lógica temporal y tuvo acceso a conocimientos que habrían sido considerados simples leyendas en cualquier otro lugar. Con el tiempo llegó a comprender que la realidad era mucho más vasta, compleja y antigua de lo que la mayoría de los seres humanos podían imaginar.
Cuando finalmente abandonó la ciudad llevaba consigo varios textos y registros que, según le habían indicado, debían ser entregados a Vértice de Combate. Sin embargo, aquellos documentos nunca llegaron a manos de sus destinatarios. Apenas unas pocas personas llegaron a saber de su existencia y el propio Enigma se encargó de que desaparecieran poco después de regresar a la Tierra, una decisión sobre la que jamás ofreció explicación alguna y que terminó convirtiéndose en uno de tantos episodios enigmáticos asociados a su nombre.
El regreso tampoco resultó sencillo. Mientras para él apenas habían transcurrido unos pocos años, en el mundo que había dejado atrás habían pasado ya treinta y siete. Muchos de los héroes con los que había combatido pertenecían a otra época, numerosas organizaciones habían desaparecido y las nuevas generaciones apenas recordaban quién había sido Enigma antes de convertirse en una figura casi legendaria.
Entre todos aquellos cambios, Markus continuaba siendo una de las pocas constantes que aún permanecían en pie. Juntos reconstruyeron Minos S.L. y terminaron impulsando la creación de A.X.I.S., una organización dedicada a investigar fenómenos paranormales, amenazas procedentes de otras esferas y misterios que rara vez alcanzaban el conocimiento público. Con el paso del tiempo Enigma fue encontrando cierta comodidad en el papel de observador e investigador, trabajando desde las sombras y reuniendo piezas dispersas de rompecabezas cuya imagen completa parecía escapar siempre unos pasos más allá de su alcance.
Los acontecimientos que han marcado las últimas décadas, desde la caída de la Muralla de Ra hasta la llegada de Nigalión o el regreso de los dioses, no han hecho sino reforzar algunas de las intuiciones que comenzó a desarrollar durante su estancia en Cronópolis. Después de todo lo que ha visto a lo largo de una vida marcada por coincidencias demasiado extrañas para resultar cómodas, le cuesta aceptar que el mundo se mueva únicamente por azar. Aunque rara vez comparte sus conclusiones con otros, quienes lo conocen desde hace años aseguran que todavía conserva la costumbre de observar el horizonte durante largos periodos de tiempo, como si tratara de encontrar sentido a un patrón que únicamente él parece percibir.