Reina Mona
Esta joven programadora de videojuegos, apasionada del manga, los juegos de rol y las artes marciales, desconoce sus verdaderos orígenes y está convencida de que es una mutante. Creció en un pequeño pueblo al norte de Madrid como hija única de una familia que, desde fuera, parecía perfectamente normal. Su madre trabajaba como diseñadora de videojuegos y era una otaku declarada. Su padre llevaba una vida bohemia como amo de casa, experto en artes marciales, con ausencias ocasionales que nunca llegaban a explicarse del todo.
Dentro del hogar, la realidad era muy distinta. Su padre era un metahumano que la entrenó desde pequeña en el estilo de lucha de la familia y en un arte especial aprendido de un “monje amigo”, como él lo llamaba. Su madre, lejos de ser solo una creativa informática, dominaba la programación, la historia y también las artes marciales. Nada de aquello parecía extraño cuando era niña. Simplemente era su forma de crecer.
Desde siempre, su padre le dijo que pertenecía a una familia especial. La verdad iba a ser revelada la víspera de su decimosexto cumpleaños, pero nunca llegó ese momento. Tres individuos desconocidos irrumpieron en su casa y desataron una batalla feroz que casi la destruyó por completo. Su padre fue secuestrado ante sus ojos. “Llevémoslo al Monte Mono”, dijeron los captores. Antes de desaparecer envuelto en un destello de luz, su padre solo tuvo tiempo de decirle una cosa. Busca a tus hermanos.
Desde ese día, su madre levantó un muro de silencio protector. Admitió que ambos habían vivido muchas aventuras antes y después de tenerla, pero insistió en que siempre habían sobrevivido escondiéndose. Ahora tocaba no saber y no llamar la atención. Poco después se mudaron sin hacer ruido.
Han pasado cinco años. Aunque no ha terminado su doble grado en Informática e Ingeniería, trabaja a media jornada en la misma desarrolladora de videojuegos que su madre. Lleva una vida aparentemente normal, pero sin que ella lo sepa, está decidida a encontrar a su padre y a desentrañar el misterio que rodea a su familia. Se pregunta constantemente qué es esa hermandad de la que habló, a qué familia secreta de mutantes pertenece y dónde demonios está el Monte Mono.
Hasta ahora, lo único que ha descubierto es inquietante. El nombre de su padre no existe en ningún registro anterior a hace poco más de veinte años. Es como si hubiera sido creado de la nada. El parecido que ella misma tiene con Sun Wukong, el Rey Mono del folclore chino, siempre le ha resultado gracioso, pero terminó por adoptarlo como símbolo. Así nació Reina Mona, el nombre que utiliza en su cruzada personal por descubrir su origen y luchar por los derechos de los mutantes. “Mi madre decía que era revoltosa como mi padre. Mi padre decía que era lista como mi madre. Siempre fui muy mona”, repite con una sonrisa que no llega a ocultar del todo su rabia.
Se ve a sí misma como una luchadora contra las injusticias del mundo, especialmente aquellas dirigidas contra su supuesta familia mutante. Su carácter extrovertido y apasionado la llevó, en su primer año de universidad, a participar en una manifestación para defender a un compañero mutante acusado sin pruebas de hacer trampas en los exámenes. Tras tres días de encierro, la protesta iba a ser pacífica, pero una contramanifestación antimutante lo cambió todo. El resultado fue una condena por riña, desorden público y daños a la propiedad. Evitó la cárcel, pero no el enfado de su madre, que volvió a recordarle la importancia del anonimato.
Ella prometió no volver a hacer “eso”. Su madre pensó que se refería a manifestarse. En realidad, se refería a no dejarse atrapar.
Desde entonces actúa bajo la máscara de Reina Mona, que siempre lleva en su mochila junto a un chándal negro y unos guantes. Sus intervenciones, al margen de agencias e instituciones y sin una ideología política clara, la han convertido en una figura polémica. Para muchos es una mutante peligrosa. Para otros, una amenaza pública.
La diferencia entre su vida cotidiana y su identidad en la calle es mínima. La máscara… y la espada. A simple vista parece un sable Dadao de tamaño normal, pero al desenvainarlo se transforma en una hoja de metro y medio de largo, treinta centímetros de ancho y cien kilos de peso, forjada en un material más duro que el acero. Es el único de los tesoros de su padre que no fue robado el día de su desaparición. Lo encontró la noche antes de mudarse, escondido en un pozo cercano, guiada por un sueño en el que recordaba cómo jugaba al escondite con sus padres cuando era pequeña. Completa su equipo con seis rodamientos de acero que lanza con una precisión inquietante.
Cree que alguien en Paraíso podría ayudarla a descubrir su verdadero origen, y su madre, para protegerla, nunca ha corregido su convicción de ser una mutante. Recientemente, para evitar que fuera desenmascarada, el inspector Castro, conocido como Toro, la ha reclutado para colaborar con su grupo de inadaptados, conocidos de forma extraoficial como Los Irregulares.