El Mercado del Pasaje

El Mercado del Pasaje es un lugar donde respiro mejor, y eso me inquieta más de lo que debería. No sabría explicar por qué, pero allí el ruido no molesta y el movimiento no empuja. Todo parece estar donde tiene que estar, aunque no se entienda. No siento la presión de demostrar nada, ni de encajar en una forma concreta. Camino, observo, y el cuerpo responde como si conociera el ritmo desde antes. A veces tengo la sensación de que el mercado no me mira, sino que me deja estar, y esa ausencia de juicio resulta extrañamente cómoda. No sé qué voy a encontrar cada vez que bajo, pero tampoco siento la necesidad de controlarlo. Y para alguien como yo, eso ya es decir mucho.

Crónicas de Asha de Cindraor.

El Mercado del Pasaje está en Europa, según dicen los que quieren zanjar la conversación rápido. Es una forma cómoda de señalar algo sin tener que pensarlo demasiado. Es una realidad periférica de bolsillo, nacida en esos huecos que deja la realidad cuando nadie la mira con atención. No es un lugar al que se llegue por error, aunque muchos juren después que fue pura casualidad.

Antes de ser mercado ya existía como una grieta mal cerrada entre realidades. Así se rumorea en la cafetería de la FDM. El origen real no parece ser una creación deliberada.

Hermes del Olimpo fue el primero en encontrar aquel pliegue. Guardián de los mensajes cifrados y del conocimiento que no debe circular libremente, buscaba un santuario. Un espacio discreto, fuera del tránsito, donde proteger lo que no debía exponerse al ruido del mundo. Hermes pensaba en silencio, en sombra, en caminos que solo se recorren cuando se sabe escuchar. Levantó los primeros senderos con esa idea en mente.

Mercurio de Capitol llegó después. Y llegó con otra mirada. Donde el olímpico vio refugio sagrado, el capitolino vio oportunidad, cruce, logística. Mercurio no quería secretos, quería intercambio. Abrió caminos a la fuerza y convirtió aquel espacio reservado en un punto de paso inevitable. No lo hizo por generosidad ni por amor al comercio, sino por reventar el plan de su contraparte. Mientras más ojos se posaran sobre el lugar, más fracasaría el ideal de Hermes. Mientras hubiera tránsito, la enemistad seguiría viva.

De esa tensión nació el Mercado del Pasaje. No como lo quiso uno ni como lo soñó el otro. Algo intermedio, incómodo y fértil. Un sitio donde el conocimiento circula, pero nunca del todo. Donde el comercio existe, pero siempre bajo condiciones extrañas. Un pulso constante entre el hermetismo y la moneda.

Con el tiempo, el mercado empezó a atraer a quienes no encajaban en ningún sitio. Artesanos imposibles, intermediarios, traficantes de favores. Y refugiados. Cuando Avalon endureció sus políticas y comenzó a expulsar a ciudadanos disidentes, muchos no buscaron otro reino ni otro panteón. Bajaron aquí. El Mercado no prometía justicia, pero tampoco fingía tenerla como los grandes poderes de arriba.

Hoy se sabe que existen varios accesos, aunque ninguno es permanente. La Fundación Divina Mundial habla de entradas estables, pero siempre añade notas de advertencia. Los usuarios del mundo mágico lo confirman a su manera, cada uno con su historia.

En Valladolid, el acceso más conocido está en el Pasaje Gutiérrez. En el centro se alza una estatua que el turista fotografía sin pensar dos veces. Para la mayoría no es más que decoración urbana. Para quienes conocen el símbolo, es un sello. El gesto se invoca, no se graba. Y cuando se completa, la base de piedra se abre y deja ver una escalera que no estaba ahí un segundo antes. Para el resto del mundo, nada cambia. La gente sigue caminando alrededor.

Y en Albacete, el Pasaje de Lodares guarda otra entrada, más sobria, menos evidente. No hay estatua central ni nada que llame la atención. Los iniciados dicen que el descenso se abre del mismo modo. La Fundación sospecha que estos accesos son válvulas de escape de la presión constante entre Hermes y Mercurio.

El descenso suma siempre setecientos setenta y siete peldaños. No porque alguien los contara una vez, sino porque están numerados. Es imposible no darse cuenta. A medida que bajas, el ruido de la superficie se apaga y te envuelve otro sonido, más profundo, más constante, bullicio caótico…

Este lugar ya estaba ahí antes de que llegara nadie nuevo. Calles que se ramifican sin orden, abarrotadas de gente. Edificios levantados sin un plan común. Fachadas de piedra tallada por trolls conviviendo con estructuras de ingeniería gnoma que parecen sostenerse por puro milagro. Pasarelas, balcones, telas, símbolos pintados, faroles de cristal. El aire es espeso. Huele a metal trabajado, a piedra recién cortada, a alcohol fuerte y a sustancias que no se parecen a nada conocido.

El bullicio es constante. Voces superpuestas, idiomas mezclados, regateos rápidos, discusiones técnicas, risas de hada, advertencias murmuradas. El golpe rítmico de los martillos en la herrería enana marca el pulso del lugar. Engranajes traquetean, complicadas maquinas de vapor silban y los hornos no se apagan.

Cruzas por las manzanas de los gnomos y te envuelve un gris apagado. Tienen la piel del color de la ceniza, como si el tiempo se les hubiera quedado pegado encima. Allí nadie camina despacio. Se mueven entre planos borrosos y poleas que chirrían, manejando mecanismos que desafían cualquier lógica física pero que, por alguna razón, no dejan de girar. Los Relojeros trabajan bajo un gran reloj visible desde distintos puntos del mercado mostrando horas de ciudades que no siempre pertenecen al mismo mundo.

La cantera troll ocupa un espacio amplio. Grandes bloques de roca reposan como animales dormidos. Los trolls trabajan despacio, golpeando solo cuando la piedra parece aceptar el cambio. Los nuevos se desesperan, los trolls se toman su tiempo.

Si aguantas el picor de los vapores de colores que flotan más adentro, llegas a la zona de la alquimia y magia. Tienes el Báculo Dorado si eres de los que necesitan etiquetas y orden, pero la mayoría prefiere rebuscar entre los puestos que venden errores documentados, pócimas que fallaron pero que sirven para cosas que nadie se atreve a preguntar. La Casa de Sanación y el local de Nakaki están tambien por la zona, el local de Nakaki se reconoce rápido, bajo el brillo de esa bola de cristal que parece vigilar a todo el que llega con un poema en el bolsillo esperando pagar su consulta.

A veces te cruzas con una diosa sentada en una mesa baja bebiendo whisky enano en una esquina mugrienta, pasando del tema de los templos y de los pesados que les rezan arriba. O con un trasgo concentrado en una Nintendo mientras espera que arranque un motor imposible. Nadie pregunta nada. En este sitio lo extraordinario dura lo justo para dejar de llamar la atención.

El Mercado nunca es el mismo dos veces. Un día una calle se estrecha hasta casi asfixiarte y al siguiente encuentras una plaza donde ayer solo había un muro. Algunos dicen que el sitio crece, pero tambien puede ser que simplemente se reconfigura para fastidiar a los que intentan cartografiarlo. Nadie garantiza qué vas a encontrar ni qué vas a dejar atrás. Hay quien busca una respuesta y sale con una deuda marcada en la piel.