La Naga
Asha de Cindraor
Descripción
Asha es una mujer alta, esbelta y de movimientos fluidos, marcada por años de disciplina física y mental. Su piel cálida refleja la luz con un matiz dorado, y su largo cabello moreno cae como una cortina oscura que acompaña cada gesto. Sus ojos verde esmeralda son intensos y expresivos, capaces de leer tensiones y emociones con una precisión inquietante. Su rostro sereno rara vez muestra grandes emociones, pero cuando sonríe lo hace con sinceridad suave y contenida.
Su cuerpo se mueve con absoluta precisión y silencio, como si respondiera a un ritmo interno constante. Incluso en quietud transmite equilibrio, firmeza y una calma profunda que desconcierta a quienes la observan.
Al activar su Kundalini, un efecto sutil recorre su cuerpo, la respiración se vuelve más profunda, su columna realiza un movimiento ondulante y una vibración interna asciende desde la base de la espalda hasta la nuca, tensando su piel como si una serpiente invisible se deslizara bajo ella. Sus ojos adquieren un brillo intenso, y el aire alrededor parece contener la respiración por un instante. No es magia, es pura energía vital despierta.
Interpretando a Asha
Asha es tranquila, serena y observadora. Habla poco y escucha más. Cada gesto está medido; cada palabra, escogida. No responde desde la rabia ni la impulsividad, respira, observa y actúa desde el equilibrio.
Lee a las personas por su respiración, postura y ritmo emocional. No juzga de inmediato, entiende primero. En combate se mueve con fluidez y precisión, sin furia, sin caos, sin desperdiciar movimiento. Su autocontrol es férreo.
Aunque es reservada, no es fría. Tiene una empatía silenciosa y un sentido natural de protección hacia otros. Su seriedad puede generar momentos cómicos, interpreta bromas literalmente o responde con calma absoluta a situaciones absurdas. Esto no la ridiculiza la hace mas humana.
Con aliados desarrolla camaradería lenta pero sólida, comparte técnicas, corrige respiraciones, se preocupa por su bienestar y se interpone sin pensar entre ellos y el peligro.
Nota para el Guionista: Uso del Chi (Kundalini)
El Chi de Asha no es magia. Es el límite absoluto de su control corporal, emocional y energético. Cuando activa su Kundalini puede:
Regla clave Multiplicar x10 el daño físico o multiplicar x10 el efecto de una habilidad general.
Ejemplos narrativos
- Acechar: movimiento completamente inaudible, prácticamente invisible.
- Saltar/Trepar: saltos y ascensos cercanos a lo sobrehumano.
- Investigar / Percepción: lectura corporal tan precisa que anticipa acciones.
- Influenciar: una frase corta que desarma emocionalmente o impone calma inmediata.
Transfondo
Asha nació en Valdoria llevando un nombre que, según muchos, nunca debió ser suyo, Asha de Cindraor.
Los Cindraor siempre habían presumido de un linaje antiguo, prestigioso y profundamente ligado a la magia. Cada generación daba lugar a magos brillantes, ritualistas temidos y custodios de secretos que dormían bajo sellos milenarios. La magia corría por sus venas como si fuera parte de su sangre.
En todos… menos en ella.
Su nacimiento fue producto de una relación prohibida entre su padre, Señor Cindraor y administrador del Tesoro, y una cortesana de voz suave y espíritu libre. Él, aunque temeroso del escándalo, decidió reconocerla. Pensó que estaba haciendo lo correcto, o al menos lo menos dañino. Dentro de la casa, sin embargo, aquel gesto no se entendió como un acto de justicia, sino como un error que nadie estaba dispuesto a olvidar.
Su madrastra nunca llegó a aceptarla, ni siquiera bajo la forma educada de la tolerancia. No había reproches abiertos, pero tampoco afecto. Sus hermanas crecieron tratándola como algo fuera de sitio, una presencia incómoda que parecía manchar el apellido sin necesidad de pronunciarlo. Los sirvientes la observaban en silencio, con la cautela de quien detecta una grieta en un muro antiguo. No hace ruido, no amenaza de inmediato, pero todos saben que basta el momento equivocado para que empiece a ceder.
Asha aprendió muy joven a sobrevivir leyendo rostros, anticipando explosiones emocionales y moviéndose entre silencios que podían cortarse con un cuchillo. Su habilidad para manipular no nació por maldad, sino por pura supervivencia. Comprender a los demás era la única forma de mantenerse entera.
El golpe decisivo llegó a los diez años, durante el examen arcano obligatorio para quienes llevaban el apellido Cindraor. El día del examen arcano nadie esperaba sorpresas. Era un trámite más, una confirmación pública de lo que la casa siempre había dado por hecho. Asha cumplió con cada indicación sin comprender del todo los símbolos ni los rituales, solo siguiendo instrucciones que otros habían repetido antes que ella.
Cuando el ritual terminó, nadie habló. Los magos evitaron mirarla y repitieron gestos innecesarios para ganar tiempo. El resultado era evidente. Asha no tenía magia. Nada.
No hubo reproches ni alboroto. Solo un cambio sutil en el aire, en las miradas que ya no sabían dónde posarse, en la forma en que la casa empezó a tomar distancia. Asha dejó de ser una hija incómoda y pasó a una anomalía que no encajaba en el linaje y que habría que resolver.
La propuesta de su madrastra llegó envuelta en palabras suaves. La Orden de las Nagas podía darle un propósito. Allí sabrían qué hacer con una niña así. No se habló de destierro ni de vergüenza, aunque ambos flotaban en la estancia.
Su padre aceptó sin discutir demasiado. Quizá pensó que era una salida digna. Quizá solo necesitaba que el problema dejara de estar delante de sus ojos. Asha no protestó. Tampoco comprendía aún el alcance de aquella decisión. Solo notó que nadie le preguntaba qué quería.
Esa noche se prometió algo en silencio. No sabía exactamente qué, ni cómo cumplirlo. Solo que no volvería a dejar que la rompieran de esa manera.
Entrada en la orden
El viaje hacia la Orden no fue un destierro brusco, sino una caída lenta.
Abandonó Valdoria sin despedidas ni lágrimas. En la Torre Cindraor había sido una grieta; en la Orden, le dijeron, tal vez tendría un propósito. Nadie se molestó en explicárselo.
Cuando llegó a las Tierras Profundas de Kish’var, lo primero que notó fue el silencio. No era un silencio vacío, sino uno lleno de respiraciones antiguas. El Bosque de Seshara no la acogió con calidez, pero tampoco con rechazo. La midió, la sopesó y la aceptó con la misma neutralidad con la que un árbol acepta la lluvia o la sequía.
El entrenamiento sin palabras
Las Nagas no la recibieron con ceremonias ni con desprecio.
La observaron como a cualquier recién llegada, un cuerpo que respira, un ritmo interno, un impulso que podía quebrarse o transformarse.
Allí no había magia, ni linajes, ni maestros que recompensaran o castigaran.
Solo había prácticas, respiraciones, movimientos y una disciplina que atravesaba el cuerpo entero.
Un equilibrio que había que buscar cada día.
Asha llegó convencida de que estaba vacía. Las instructoras vieron algo distinto, una joven desordenada por dentro, pero con espacio para algo más.
Lo que despertó
Mientras otras niñas repetían ejercicios con obediencia mecánica, Asha imitaba los movimientos ondulantes que veía en las columnas del bosque. Había una serpiente interna en ella, aunque aún no sabía nombrarla.
En la Brecha de Luz, un claro donde siempre caía un rayo vertical de sol, ocurrió el cambio.
Respiró con un ritmo que no había sentido nunca. La columna se aflojó, la mente se aquietó y algo profundo, antiguo y cálido comenzó a ascender por dentro.
No era magia ni un don, tampoco una bendición divina. Era Kundalini. El mismo fuego que Shesha’ra, la Naga Primordial, enseñó sin una sola palabra miles de años atrás. Una energía que no le debía nada a ningún linaje.
Cuando Asha abrió los ojos, ya no se sintió defectuosa. La niña bastarda se había disuelto. Solo quedaba alguien que por fin empezaba a escucharse.
Catorce años bajo raíces antiguas
El bosque la moldeó igual que había moldeado a tantas antes que ella. Su cuerpo se volvió flexible y firme, capaz de moverse sin dejar huella. Su mente aprendió a distinguir entre impulso e intención. La percepción interior, que antes era refugio, se transformó en brújula.
Su intuición emocional se volvió precisa, capaz de leer miedo, mentira o deseo con apenas un gesto. Su Kundalini se convirtió en una serpiente despierta, dispuesta a elevarse cuando lo necesitara y a dormir cuando debía.
Asha aprendió a moverse sin sombra, a escuchar antes de actuar, a no permitir que su dolor dirigiera su paso. Comprendió que las Nagas no buscaban poder, sino equilibrio. No luchaban por dominar, sino para restaurar lo que estaba roto.
Y descubrió que su aparente vacío no era un defecto, sino un espacio donde algo nuevo podía crecer. Un espacio que en Valdoria jamás habrían reconocido.
La discípula serpentina
A los veinticuatro años, Asha se había convertido en una de las practicantes más respetadas del Monasterio de la Columna Ardiente.
No destacaba por su fuerza ni por su agilidad, aunque le sobraban ambas. Su verdadero poder estaba en su comprensión del Impulso y de la Calma, los dos ejes del camino serpentino.
Nunca tuvo magia, pero en la Orden nadie la esperaba. Nadie la necesitaba.
Su ausencia de poder arcano no era un defecto, sino la razón por la que su Kundalini brillaba con tanta claridad.
Había llegado como una niña rota. Se marchó convertida en Naga.
Regreso a Valdoria
Asha regresó sin esperar nada. Habían pasado catorce años desde que dejó la ciudad atrás. Catorce años respirando con calma ondulante, escuchando su fuego interno antes que cualquier ruido del mundo.
A pesar de eso, al ver las torres pálidas de Valdoria sintió que una sombra antigua se acercaba.
No era miedo ni nostalgia. Era la memoria de aquella niña que se acostumbró a leer amenazas en cada gesto.
Pero esa niña ya no existía.
Su respiración se alargó.
La columna se aflojó.
La sombra retrocedió.
El recibimiento
Su padre fue el primero en verla. Los ojos cansados y las manos temblorosas revelaban a un hombre que había vivido más en dudas que en decisiones. La abrazó con torpeza y cariño.
Su madrastra no mostró odio. Mostró inquietud. La mirada de quien ve regresar un problema que creía resuelto.
Asha no reaccionó. Había aprendido que responder al impulso de una emoción ajena solo te encadena. Se limitó a respirar y a observar. La calma de Asha descolocó a todos.
Una presencia incómoda
Los Cindraor eran una casa de magos.
Ella, en cambio, pertenecía a algo que no podían nombrar.
No tenía magia, ni rituales, ni instrumentos arcanos.
Era un cuerpo que respiraba distinto, un ritmo que no encajaba en sus registros.
Pero Asha veía lo que ellos no querían ver:
el equilibrio roto que recorría la casa.
Hermanas enfrentadas.
Documentos movidos sin permiso.
Silencios espinosos cargados de intereses.
Una tensión espesa alrededor de la torre familiar.
Su padre, quizás intentando reparar años de cobardía, hizo entonces un movimiento inesperado.
No la nombró Guardiana de la Cámara del Tesoro por cariño ni por tradición.
Lo hizo porque, tras años de susurros y pequeñas anomalías, había empezado a sospechar que alguien dentro de la familia manipulaba los sellos de vigilancia y los pactos residuales.
Nadie con magia podía pasar desapercibido para las protecciones.
Nadie excepto alguien sin magia alguna.
Asha era invisible para los rituales de control.
Vigilar sin ser vigilada era un papel que solo ella podía desempeñar.
El nombramiento no se anunció públicamente. Fue un gesto discreto, casi clandestino, que solo profundizó la inquietud de la madrastra.
Asha lo entendió de inmediato.
Aquel movimiento alteraba un equilibrio que ya estaba fracturado.
Y en Valdoria, donde el orden arcano es sagrado, romper un equilibrio siempre atrae consecuencias.
La noche sin luna
Los atacantes entraron sin dejar rastro. Conocían cada pasillo, cada turno de guardia, cada trampa mágica. Para cualquier mago aquello habría sido imposible. Para Asha, la explicación era clara, el enemigo estaba dentro.
Las runas de vigilancia no fallaron por casualidad. Las protecciones estaban autenticadas con sellos familiares, y alguien había usado uno para suspender temporalmente los círculos de defensa y crear la ilusión de normalidad. Asha reconoció el patrón al instante, era el mismo sello que su madrastra utilizaba para revisar los archivos del Tesoro. Los atacantes no activaron una sola alarma mágica porque, técnicamente, las puertas les habían sido abiertas desde dentro. Solo la vigilancia silenciosa de Asha impidió una catástrofe mayor.
Su cuerpo reaccionó sin pensamiento. La respiración serpentina despertó cada músculo.
La columna onduló. El Kundalini ascendió como un filo invisible.
Luchó sin rabia ni miedo, con la precisión que solo puede nacer de quien intenta restaurar un equilibrio arrasado. Y aun así, aquello no era un robo.
Era un golpe. Un golpe destinado a quebrar a la casa Cindraor… y a ella con ella.
Su padre murió protegiendo un cofre lleno de pactos antiguos. Asha sintió cómo su vida se apagaba. Por un instante, el impulso quiso dominarla; la serpiente interna quiso ascender con furia. Recordó entonces la Doma del Impulso y se aferró a ella. Pero el golpe final llegó de donde siempre lo sospechó. Desde dentro de su propia casa.
Cayó inconsciente.
El juicio y el pozo
Cuando despertó, la decisión ya estaba tomada.
Nada de lo que oyó después era nuevo. Las declaraciones del consejo, las pruebas cuidadosamente torcidas y los testimonios ensayados llevaban tiempo preparados. Incluso antes de que la capturaran. Aquello no era un juicio en sentido real, sino una representación. Un trámite necesario para cerrar un acuerdo entre ramas de la casa y evitar algo mucho peor que una condena injusta. Los Cindraor no podían permitirse un escándalo público, ni una investigación arcana que obligara a mirar hacia dentro.
El veredicto existía desde antes de que Asha abriera los ojos.
Para su madrastra, Asha nunca fue solo un error del linaje. Con el tiempo se había convertido en un riesgo. Tras el ataque, comprendió que aquella muchacha había empezado a ver demasiado. No solo movimientos indebidos o documentos fuera de lugar, sino tensiones mal disimuladas, pactos viejos retorcidos en beneficio propio, mentiras que dejaban rastro antes incluso de pronunciarse.
Asha no tenía magia.
Tenía algo mucho más incómodo.
Leía emociones con una claridad que desarmaba cualquier máscara. Detectaba la falsedad antes de que se solidificara en palabras. Para alguien que conspiraba desde la sombra, aquello era inaceptable.
No se trataba de deshacerse de una bastarda. Se trataba de eliminar a la única persona capaz de ver la verdad sin necesidad de pruebas.
La ley impedía ejecutar a una noble, así que eligieron la solución más limpia. El Pozo del Destierro. Un final sin sangre, sin preguntas y sin retorno. Un lugar que se tragaba nombres, culpas y recuerdos con la misma indiferencia.
La madrastra no sonrió al anunciar la sentencia. Su voz fue serena, casi compasiva, al asegurar que Asha por fin encontraría el silencio que tanto parecía necesitar.
Asha no respondió.
Respiró.
Aflojó la columna.
Una Naga acepta lo inevitable, pero nunca deja de observar.
Mientras la empujaban hacia el torbellino ancestral, lo comprendió con absoluta claridad. No la desterraban por débil. No lo hacían por error ni por vergüenza.
La desterraban porque, después de todo, no habían conseguido romperla.
Valladolid (Tierra Zero)
El Pozo la expulsó como si el mundo la escupiera. Apareció en mitad de la noche, en un cielo que no reconocía. Cayó de golpe en el estanque del Campo Grande, envuelta en un remolino helado. Durante unos segundos no supo si estaba viva, muerta o atrapada en algún lugar intermedio.
Era la medianoche del 31 de octubre.
La ciudad estaba llena de máscaras, disfraces y sombras que celebraban su propia parodia de monstruos. Asha emergió del agua empapada, confusa, convertida en una aparición real entre figuras de plástico.
Caminó entre la multitud sin llamar la atención. Su piel húmeda, su mirada intensa y su andar silencioso parecían parte de algún disfraz que nadie intentó descifrar. No entendía esta ciudad. Leyó cuerpos, tensiones, impulsos. Algunas reacciones no las comprendió. Otras las interpretó mal. Aprendió rápido, pero no sin tropiezos.
Su Kundalini ardía más vivo que nunca.
En un mundo sin resonancia mágica, su energía interna brillaba con una fuerza casi dolorosa.
Encontró refugio esa noche bajo un puente del Pisuerga, donde la corriente le recordó, de forma tenue, al río Písano de su tierra. Durmió allí su primera noche como exiliada. No del todo derrotada, pero sí perdida en un mundo que no era el suyo.
La primera semana fue dura, aunque no imposible. Aprendió rápido los sonidos nuevos, las palabras que nunca había visto escritas. No lo comprendía todo, pero lo suficiente para sobrevivir.
Y lo bastante como para reconocer una injusticia.
Una noche oyó gritos, caballos metálicos haciendo ruido e insultos. Y un fuerte olor a miedo en el aire.
Una joven era arrastrada hacia una furgoneta por un grupo de motoristas.
Asha no entendía algunas palabras, pero reconocía la violencia en cualquier idioma.
Se acercó sin vacilar. Los motoristas la tomaron por una loca. En pocos segundos descubrieron su error.
El Kundalini se encendió. Asha se movió con la fluidez de una sombra líquida.
Golpeó con precisión serpentina y derribó a los agresores sin darles tiempo a entender qué había ocurrido. La chica escapó. Asha no tuvo esa suerte.
La policía llegó entre sirenas. La encontraron rodeada de cuerpos y motos, sin documentos ni explicación posible. La detuvieron.
Actual Play: Nueva Ciudad, Nueva Aventura
Pasó dos noches entre rejas. El juez, saturado por las detenciones de Halloween, decidió dejarla libre con varios cargos menores, agresión, resistencia, daños materiales y una acusación que la acompañaría más veces de las que deseaba recordar, “obstrucción involuntaria de una operación policial”.
Salió sin nombre, sin hogar y sin mundo.
Pero con un propósito.
Asha no sigue un plan. Tiene un rumbo. Intenta entender este mundo sin dejar que la engulla. Busca aliados sin llamarlos así. Aprende dónde puede intervenir y cuándo es mejor apartarse.
A veces siente la soledad con más fuerza de la que esperaba. Otras veces la acepta como parte del camino. No sabe cuánto durará esta etapa ni adónde la llevará.
Si algún día encuentra el camino de vuelta a Terra, lo hará con la mente clara y la columna ligera.
No para derrotar a nadie, sino para no permitir que la fractura que otros crearon rompa su equilibrio.
Cada noche en estas calles será oportunidad para afinar su percepción, para leer las tensiones del mundo y decidir cuándo intervenir y cuándo dejar que la vida siga su curso.
Una Naga no se apresura.
Una Naga no se venga.
Una Naga avanza porque respira.
Y Asha sigue respirando.
Año 1 (Tierra Zero)
El primer año de Asha en este mundo no tuvo nada de heroico.
Después del incidente con la banda de moteros, la policía no volvió a olvidarse de ella. No la persiguieron, pero tampoco la dejaron en paz. Su nombre quedó apuntado en algún sitio, en alguna pantalla. Cada intervención, por pequeña que fuera, la encogía un poco más el margen. Asha lo notaba enseguida. Patrullas que tardaban menos en aparecer. Miradas que se alargaban más de la cuenta. Preguntas que no buscaban respuestas, solo confirmar que seguía allí.
Durante un tiempo durmió en el Campo Grande. Le gustaba ese lugar, aunque no sabía explicarlo bien. El agua, los árboles viejos, la sensación de estar dentro de algo vivo. Dormía mal, pero al menos respiraba mejor. Hasta que los fae que habitaban el parque empezaron a incomodarse. No fue una expulsión como tal. Nadie levantó la voz. Solo una invitación educada a buscar otro sitio. Asha la entendió al instante. Cuando un lugar deja de acogerte, quedarse es romper un equilibrio que no te pertenece. Se fue sin discusión.
Probó suerte cerca del río, en distintos tramos, distintos parques, siempre al lado del agua. Allí la ciudad parecía menos agresiva, como si el cauce se llevara parte del ruido. Vivía con poco, casi con nada. Cambiaba de sitio cuando hacía falta. Sabía hacerlo. Lo había hecho antes, en otros mundos, por otras razones.
Aun así, este lugar le costaba. Mucho.
No por peligro, sino por la gente. Aquí todo iba deprisa. Las relaciones eran intensas y frágiles a la vez. Mucha palabra, poco silencio. Asha observaba, escuchaba, pero le costaba acercarse. Hacer amistades no era una técnica que se pudiera entrenar. Y la soledad, aunque la conocía bien, pesaba distinto cuando estas en un mundo que no conoces.
El encuentro con el semidiós no tuvo nada de solemne. Fue una conversación incómoda, casi casual, en un lugar sin importancia. Él trabajaba para una organización que Asha aún no conocía, la Fundación Divina Mundial, aunque ellos sí llevaban tiempo observándola. Desde el primer momento. Desde su llegada.
Tenían controlado el punto de entrada. Sabían que había aparecido algo que no encajaba. Sin magia, sin registro previo, pero con una disciplina corporal y energética que no pertenecía a este mundo. No intervinieron. Prefirieron esperar. Y cuando vieron que Asha no buscaba imponerse ni esconderse del todo, que intentaba convivir aunque no supiera cómo, decidieron dar el paso.
La oferta fue sencilla. Un sitio donde dormir y comida caliente. Un mínimo de estabilidad. A cambio, colaboración. Sus capacidades en combate. Su experiencia con cosas que no deberían estar aquí y aun así lo están. Nada de promesas. Nada de discursos sobre pertenencia. Solo estructura.
Asha aceptó.
Las instalaciones de Las Francesas le resultaron extrañas al principio. Demasiadas paredes, demasiadas líneas rectas. Pero también orden. Ritmos claros. Un lugar donde dejar las armas sin sentir que se desarmaba por dentro. Volvió a dormir del tirón. Volvió a comer sin prisa.
Ahora intenta algo que nunca le resultó fácil. Integrarse, aunque sea a su manera. Conseguir una estancia legal en este mundo. Entender sus normas sin dejar que la aplasten. Ganar aliados sin confundirse con ellos. Construir contactos sin venderse. Y, sobre todo, sentirse un poco menos sola.
No es un proceso limpio. Asha sigue midiendo cada gesto. Sigue observando más de lo que habla. No termina de fiarse, y probablemente nunca lo hará del todo.
Pero ha vuelto a tener una estructura. Algo que sostiene.
Y por primera vez desde que cayó aquí, no siente que solo esté sobreviviendo.
Siente que, quizá, está empezando a habitar este mundo.
La Naga
Origen
Historial
Características
(50 PCs)Resumen de Combate
Datos de Combate
- Inconsciencia6
- Recuperación2 PV/h
- Resistencia a gases y venenos35%
- Modificador de fuerza1d10
- Peso Levantado500kg
- Daño absorbido físico15
- Daño absorbido mental40
- Modificador de impacto10
- Modificador Psionico30
- Parada Fisica50
- Parada mental55
- Salto (alto / largo)3,7m / 11,0m
Habilidades Generales
- Acechar/Discrección(AGI+PER)/2110+20%
- Comb. cuerpo a cuerpo(AGI+PER)/2110%
- Conocimientos generales(INT/3)34-10%
- Esconderse(AGI+PER)/455%
- Idea(INT)/251+20%
- Influencia(INT+APA)/2101+20%
- Idioma nativo(INT)102%
- Investigar(INT+PER)/370%
- Lanzar(FUE+PER)/2105%
- Primeros auxilios(INT)/251%
- Suerte(PER+VOL)/453%
- Trepar y Saltar(AGI)110+20%
Habilidades de Aprendizaje
- Otro Idioma (Req) - Kishvari / Rumano(INT/3)34+20%
- Artes Marciales (Req.)(2xPER)/373%
- Contemplación54%
- Arma Especial: Khopesh73%
- Arma Especial: Sheng Biao73%
- Armas Blancas(AGI+PER)/373%
- Rastrear53%
- Supervivencia (Bosque)INT/251%
Armas
Equipamiento
(2 PCs)- Tiara Mental: Reduce daño por ataques mentales al 10%
- Amuleto de Velocidad: +1 acción de combate
- Botas de Lert: Duplica su capacidad de salto
Traumas
- Manipulador"Desde mi niñez he sido manipulada por intrigas de la corte y mi madrastra ha confabulado contra mi, he descubierto que las palabras tienen mas poder que los hechizos y las espadas. Los uso en contra de los que se aprovechan de la gente cuando esta debil y desprotegida para evitar lo que me paso a mi."
- Artista Marcial con Chi"En las tierras profundas de Kish’var la orden de las Nagas me enseño a dominar mi cuerpo y mente, a usar el poder de mis adversarios contra ellos y a entender que el unico enemigo al que debo enfrentarme esta dentro de mi."