Shiafo

Una abominación a los ojos de su propio pueblo. Así fue visto siempre Shiafo, nacido de la unión prohibida entre un hada y un humano. Su existencia nunca debió producirse y Oberon, rey de las hadas, se encargó de recordárselo. Como castigo fue condenado a vivir en la Tierra por toda la eternidad, exiliado, separado de los suyos y privado de cualquier posibilidad de regreso. No habría redención ni perdón. Solo tiempo. Demasiado tiempo.

En un mundo que no sentía como propio, Shiafo intentó abrirse camino como pudo. Puso sus conocimientos arcanos al servicio de distintas organizaciones, trabajando como mercenario y aceptando encargos que otros rechazaban. Con el tiempo reunió a su alrededor a un pequeño grupo de inadaptados, seres marginados como él, a los que llamó su equipo. Creyó que juntos podrían hacerse un nombre, demostrar que no eran desechos ni errores.

No fue así.

Una y otra vez, Shiafo y los suyos fueron derrotados por Los Irregulares. Para él no eran más que héroes de fachada, payasos enfundados en mallas con discursos grandilocuentes. Cada enfrentamiento perdido se convertía en una humillación pública, amplificada por la burla de villanos y oportunistas en Tierra Zero. Tener poder y ser vencido por quienes consideraba inferiores fue algo que no supo digerir.

El desprecio empezó a volverse hacia dentro. Shiafo dejó de odiar solo al mundo y comenzó a odiarse a sí mismo. Su nombre, que podría haber inspirado temor, terminó convertido en motivo de risa. Era un ser con un potencial enorme al que nadie tomaba en serio. Ni aliados. Ni enemigos.

Desesperado por cambiar su destino y recuperar el respeto que creía merecer, comenzó a buscar nuevos aliados. Sabía que solo no llegaría a ninguna parte. Oberon lo despreciaba, los mortales lo veían como una curiosidad fallida y él apenas podía sostener su propio reflejo sin sentir vergüenza. Necesitaba un lugar donde no fuera un error constante.

Fue entonces cuando apareció Julián Provencio.

La Legión Sangrienta tenía sitio para Shiafo. No como un peón más, sino como mano derecha de Julián. Por primera vez en mucho tiempo, alguien no lo miraba con burla ni con condescendencia. Shiafo siente que Julián lo respeta, aunque ese respeto no esté basado en afecto ni en confianza ciega. No le es completamente leal, ni pretende serlo. Pero permanecerá a su lado durante un tiempo.

Tal vez de este grupo de rechazados pueda salir algo valioso. Tal vez esta vez no sea el hazmerreír.