Sphynx

Sphynx, la madre de todas las esfinges, fue reclutada personalmente por Titania, que supo reconocer en ella a uno de los seres míticos más antiguos y poderosos que aún caminaban entre planos. Como la primera de su raza, Sphynx habitó durante eras los reinos divinos, donde el tiempo tenía otro peso y la existencia no estaba marcada por la urgencia ni el desgaste.

Todo cambió cuando cayó en manos de Geb, conocido en la Tierra como Seísmo. La esclavizó y la utilizó como un recurso más, reduciendo a la madre de las esfinges a una herramienta sometida por la fuerza. Siglos de cautiverio erosionaron su fe en dioses y mortales por igual. Aprendió que el poder rara vez se ejerce con justicia y que incluso los seres más antiguos pueden ser encadenados.

Su liberación llegó gracias a la intervención de Titania. No fue solo un rescate, fue un gesto de reconocimiento. Sphynx no olvidó ese acto y decidió seguirla cuando Titania asumió la defensa de las Siete Torres. No por lealtad ciega, sino por una deuda asumida conscientemente. Defender las torres era, para ella, una forma de equilibrar una balanza que llevaba demasiado tiempo inclinada.

A diferencia de Titania, Sphynx no alberga grandes esperanzas en la humanidad. Está convencida de que los humanos aún no están preparados para defender su mundo frente a amenazas como Nigalión. Los considera ingeniosos pero inmaduros, valientes pero inconsistentes, capaces de grandes gestos y de errores aún mayores.

Desde la llegada de Nigalión ha centrado parte de su atención en la búsqueda de la Torre de Yth’Zoroth, consciente de su importancia estratégica. El resto de su tiempo lo dedica a poner a prueba a los humanos. Los reta en duelos de ingenio, enigmas y razonamientos complejos, no tanto por crueldad como por necesidad. Quiere medirlos. Quiere saber si, llegado el momento, estarán a la altura.

En más de una ocasión ha sido derrotada. Y cada vez que eso ocurre, Sphynx se permite algo que rara vez concede.

Una duda.